lunes, 17 de octubre de 2011

RESUMEN

El Moro nació en una noche estrellada a las orillas del río Funza, en la hacienda Ultramar, ubicada en la Sabana de Bogotá, de propiedad de don Próspero Quiñones. Pocas horas después de su nacimiento estuvo a punto de morir (a pesar de que en esa entonces él no tenía ni la "menor idea de la muerte") en un pantano, de donde fue sacado por el mayordomo y el amansador de esa finca. Entonces comprendió que "el mundo donde nació sólo ofrece peligros y amarguras". Más tarde habría de entender "lo absoluto del señorío del hombre sobre los seres de mi especie".
Tras pasar en el potrero días muy agradables retozando con los demás potros, y oyendo las conversaciones que acostumbraban tener las yeguas, con lo que se distraía y empezaba a conocer el mundo, le colocaron la jáquima (cabezada de cordel, que suple por el cabestro, para atar las bestias y llevarlas) y lo trasquilaron, luego de haberlo sometido a la fuerza. Así empezó el doloroso y salvaje proceso de domesticación o amansamiento.
Su madre, que se llamaba La Dama, tuvo otro crío, pero el Moro lo despreció porque era un muleto, producto del apareamiento de su madre con un asno o burro. Por esta razón no quiso saber nada de él, y lo desprecio. "Instintivamente volví las ancas hacia donde estaba, y produciendo el sonido, asaz contumelioso, que suele acompañar a tales actos, disparé al aire un par de coces, dedicándoselas acá en mis adentros al bastardo orejudo, a quien no habría reconocido por hermano ni aunque me lo hubieran predicado frailes descalzos… Desde entonces quedaron relajados los vínculos que me unían a mi madre, y mi trato con ella empezó a adolecer de una frialdad muy sensible; pero no puedo ocultar que los desvelos y las caricias con que mi madre favorecía al animal ese, excitaban en mi pecho celos y envidia".
Tiempo después, aún siendo potro, fue vendido a don Cesáreo, vecino de don Próspero, y su nuevo hogar fue la hacienda Hatonuevo. Su nuevo amo, que no gustaba de potros cerreros (bestias sin domar o amansar), lo compró precisamente por su mansedumbre. Don Cesáreo, que "era un viejo de corta estatura, gordiflón y mofletudo, de mejillas y nariz coloradas y de patillas abultadas y entrecanas", practicaba el comercio fraudulento de bestias, buscando "comprar a huevo y vender luego a peso de oro", para lo cual acudía a ardides, trucos y artimañas que le permitían vender equinos a incautos compradores como si estuvieran jóvenes y sanos, a pesar de estar viejos y enfermos. Éste y otros procederes indecorosos de su amo, le hicieron reconocer que "el gran conocimiento del mundo que me precio de tener, se lo debo en gran parte a la selecta sociedad en que viví mientras estuve en poder de mi amo don Cesáreo". El Moro empezó a conocer las miserias y las grandezas del alma humana. "Que los hombres sean de unanaturaleza superior a la de los brutos no puedo dudarlo; pero nunca entenderé cómo se compadece esa superioridad del hombre con su disposición a engañar. Yo me enorgullezco sintiendo que no puedo hacerlo; y creo que aunque pudiera, me contendría la vergüenza. Un hombre se sonroja de que otros sepan que ha mentido y no se sonroja de saberlo él mismo ¡Qué confesión tan oprobiosa de que su propio juicio no vale nada! Don Cesáreo, que se estimaba bastante para no sufrir que se le tuviese por ladrón, por borracho, por libertino o por blasfemo, no se estimaba bastante para huir de envilecerse a sus propios ojos mintiendo y engañando".
A sus tres años de edad, don Cesáreo contrató los servicios de Geroncio, un reputado amansador, que maltrató brutalmente durante ese proceso al Moro, y de manera violenta e irresponsable cumplió esa cruel faena fuera de Hatonuevo. "Geroncio pasaba, no sólo por amansador, sino también por picador (vulgo, chalán), y don Cesáreo dejó a Geroncio el cuidado de arreglarme. En menguada hora tomó tal determinación, pues a ella se debió la desgracia que más ha acibarado mi existencia y que no permitió que don Cesáreo sacara de ser dueño mío las ventajas que se había prometido. Elsistema de Geroncio para acabar de domar un caballo nuevo, para arrendarlo, para arreglarle el paso y para sacarle brío, como él decía, consistía únicamente en el empleo de medios violentos y bárbaros. A mí me hacía trabajar sin medida y sin miramiento; hacía sobre mis lomos jornadas largas; me dejaba sin descanso hasta una semana entera; y, lo que era peor, se desmontaba al anochecer a la puerta de la venta de que era parroquiano, me dejaba atado a una de las columnas de la ramada (cobertizo anexo a la casa), y pasaba tres o cuatro horas bebiendo, jugando, conversando y, no raras veces, riñendo". El desafortunado proceso de amansamiento sirvió para que el Moro adquiriera resabios, por culpa de la estultez y de la brusquedad de Geroncio. El resabio de hacerse "coleador" lo obtuvo de Geroncio.
Discurría también que si nuestros tiranos nos procuran el alimento y otras conveniencias, no lo hacen generosamente, por benevolencia ni por afecto, sino porque les interesa conservarnos y mantenernos en un estado en que podamos servirles. Pensaba, finalmente, que las plantas que produce la tierra para sus tentarnos son tan nuestras como el aire y como la luz del sol, y que el hombre, lejos de hacernos favor cuando las destina a nuestroservicio, comete una iniquidad cuando pone límites y cortapisas al uso que de ellas podemos hacer". Entonces tomó la decisión de huir de Hatonuevo y de la crueldad de los humanos; pero un caballo llamado Morgante, que pastaba en ese potrero, lo disuadió de su intención. "Hízome ver en primer lugar que cualquiera que fuese el camino por donde huyera, mi dueño no tardaría en descubrir mi paradero, y en hacerme coger, ya por medio de sus propios agentes, ya por el de las autoridades. Añadió que si, por rara casualidad, lograba burlarme de las pesquisas de don Cesáreo, en ninguna parte había de faltar quien se apoderara de mí como de cosa sin dueño. Me demostró que los caballos no podemos vivir independientes y que el único arbitrio que está en mano de un individuo de nuestra especie, no ya para ser feliz, pues en la tierra (y esto lo dijo suspirando) no se puede encontrar la felicidad, sino para procurarse algún bienestar, es someterse de buena voluntad al dueño o al jinete a quien le toque obedecer, y hacerse digno de su estimación ejercitando en su servicio las habilidades y exhibiendo las dotes que más aprecian y apetecen los hombres en un individuo de nuestra raza. Un caballo manso, exento de resabios, vivo y de suave movimiento, va por lo común, si no esta enfermo y si no es monstruosamente feo, a manos de un amo que, ya que no por cariño, por miedo de perderlo o de perder parte de su valor, tiene cuidado de él y se abstiene de abusar de sus fuerzas. Y no es raro que un hombre se apasione por un caballo que le sirva bien: he visto varias veces al dueño de una bestia de poco valor rehusar una cantidad exorbitante que le ofrecen por ella, únicamente porque le ha cobrado cariño y se lo han cobrado su mujer y sus hijos. He visto también, y tú verás tal vez en las haciendas, caballos viejos e inutilizados a quienes jubilan y mantienen desinteresadamente en atención a sus antiguos servicios. Por último, si se hubiera realizado tu sueño, habrías ido a pasar en algún desierto trabajos más crueles que los que has pasado en manos de Geroncio". Con Morgante pastaba allí otro caballo (El Merengue), quien les narró parte de las aventuras y peripecias de su vida hasta convertirse en un "caballito de un niño" en la hacienda del abogado de don Cesáreo, el doctor Barrantes. Tiempo después, el Moro habría de reconocer la gran amistad que llegó a tener con estos dos caballos. "El vínculo que a mí me ligaba con Morgante y con Merengue no era simplemente la instintiva simpatía que nace de la convivencia; era aquel sentimiento que los hombres llaman amistad, y que, entre ellos, al decir de ellos mismos, es tan raras veces pura y duradera".
Con el ánimo de erradicarle al Moro el resabio del "coleo", don Cesáreo acudió a los servicios de don Antero, picador (domador y adiestrador de caballos), aparentemente un jinete experto. Por ello éste se lo llevó de Hatonuevo durante algunos días. Estuvo en Bogotá, donde le pusieron el nombre de "El Moro". A pesar de las habilidades de don Antero como jinete, el Moro siguió con su resabio de "coleador".
Tiempo después, don Cesáreo en contra de su voluntad, debió vender al Moro a un sujeto de la peor laya conocido como el "Tuerto Garmendia", cuyo nombre era Lucio Garmendia, hijo de un rico y acaudalado comerciante de la región. Como el Tuerto era un reconocido criminal, asesino, truhán, rufián y trasgresor de todo tipo de normas legales, logró convencer a don Cesáreo, y éste por temor a sus bravuconadas y fechorías, resolvió, muy a su pesar, venderle en quinientos pesos al Moro, dinero que el malhechor nunca pagó.
En poder del Tuerto, el Moro sufrió muchas penalidades, hambre, sed y malos tratos. En esas circunstancias, el Moro aprovechó una ocasión para huir de su malvado amo. Luego de vagar sin rumbo fijo, cuando estaba a punto de regresar a Hatonuevo, cayó de nuevo en poder del Tuerto, cuya afición era maltratar a los animales hasta el extremo de prenderles fuego y quemarlos vivos. Así el Moro siguió al servicio del Tuerto, quien se dedicó a la comisión de múltiples tropelías. Tras la confusión suscitada luego de la comisión de un asesinato por parte del Tuerto y sus secuaces, el Moro aprovechó la ocasión y huyó. En su incómoda huida, debido a que estaba enredado con sus riendas, cayó "en un hoyo que habían abierto a fin de sacar barro para un tejar", de donde fue sacado por mujeres campesinas que eran muy "compasivas con los animales". Luego fue a dar a un pueblo, donde el Alcalde lo entregó a un vecino en calidad de depositario, y éste lo colocó en un rastrojo en que no faltaban relieves. Al otro día don Cesáreo fue a la Alcaldía y lo reclamó como suyo. "El Alcalde oyó con benignidad las reclamaciones de don Cesáreo y dispuso que yo le fuese entregado, con lo que el paje me asió del cabestro y tomó conmigo el camino de Hatonuevo… Don Cesáreo llegó poco después que mi conductor; estuvo contemplándome y ponderando los estragos que en mí había causado el haber servido al Tuerto Garmendia, y dispuso lo que había de hacerse para curarme de las dolamas de que debía estar lleno y para hacer desaparecer las infinitas lacras que me afeaban todo el encanijado cuerpo…"
En Hatonuevo el Moro se reencontró con Morgante, el Merengue y otros caballos. Dialogaron sobre su vida caballuna, sus trabajos y su condición equina. Un caballo conocido como Mohíno hizo una extensa descripción de la región (un páramo) en donde queda la hacienda en que nació, de los rodeos o faenas para contar, marcar, señalar y vacunar el ganado y "apartar también los toretes y las vacas viejas que habían de quedarse en los potreros bajos para ser vendidos", y de las otras funciones que había realizado. Morgante le advirtió al Moro que podría ser declarado elemento deguerra, como estaban expuestos a serlo todos los caballos paisanos suyos, hasta los que pertenecen a ministros y diplomáticos; advertencia que lo llenó de temor. "Desde aquel día me dominó un horror por la milicia y por la guerra, comparable únicamente con el que me infundía la idea de volver a caer en las garras del Tuerto Garmendia, horror que, dicho sea de paso, nunca dejaba de asaltarme y constituía para mí una verdadera obsesión".
Como secuela de haber perdido un pleito legal, don Cesáreo se vio expuesto a una precaria situación económica que motivó la venta de el Moro al señor Ávila, quien se lo llevó a una pesebrera en Bogotá. "Me halagaba verme en situación tan nueva para mí, situación que me parecía más elevada y honrosa que la de un caballo de hacienda. Yo era aún joven, y en la juventud siempre seduce la novedad. Me venía además una idea vaga de que, en la ciudad y bajo el dominio de un sujeto acaudalado y respetable, estaba yo más asegurado contra cualquier tentativa del Tuerto Garmendia.
Pero, por otra parte, al verme encerrado entre paredes y pisando empedrados, yo que estaba habituado a enseñorearme con la vista de todo el horizonte; a reputar mío un espacio amplio y abierto alrededor del sitio que ocupara; a respirar el aire libre, puro y embalsamado de las praderas; y a recrearme en compañía de amigos o de semejantes míos, suspiraba por la vida que, tal vez para siempre, había dejado.
No podía perdonarle a don Cesáreo el que, dando muestras de insensibilidad, me hubiera, por decirlo así, echado de su casa, por conseguir en cambiounas monedas. Entonces, más que nunca, me sentí maravillado de que los hombres estimen tanto el dinero, cuya utilidad no podemos comprender los animales; y entonces, más que nunca, ponderé la ventaja que les llevamos a los hombres no viéndonos agitados, atormentados y divididos por el anhelo de las riquezas.
Sin embargo de esto, yo gemía en mi interior acordándome de mi antiguo amo, y mucho más de la señora doña Macana, que había llorado a lágrima viva al verme salir de Hatonuevo. A Emidio y a otras personas de la hacienda, así como a varios de mis compañeros, les consagré también muchos suspiros".
En Bogotá, el Moro empezó a prestar servicios al señor Ávila, quien debía dar paseos a caballo según prescripción médica. En sus múltiples excursiones, el Moro fue con su amo hasta el Salto del Tequendama y a otros lugares de la Sabana de Bogotá.
Estando todavía al servicio del señor Ávila, el Moro se encontró nuevamente con Morgante, quien le contó que su amo lo había vendido y estaba al servicio de un obispo, e igual suerte había corrido Merengue que había pasado a manos de otro amo. Morgante le relató cómo es la vida en los llanos de Casanare ("el infierno de los caballos"): faenas de ganaderíatrabajo duro para los caballos, maltrato y esforzada exigencia a las bestias para galopar por tan inhóspitos y agrestes paisajes, y la molesta picazón de zancudos que no dejan tranquilos a los caballos.
Como el señor Ávila ya no necesitaba de el Moro, y debido a que los gastos de manutención de éste eran cuantiosos, resolvió venderlo. Fue así como un tal Pachito lo "probó", llevándoselo para una excursión a tierra caliente, en alguna región aledaña al río Magdalena. En ese periplo, además del susto que vivió una noche, tras haber escuchado la voz del Tuerto Garmendia que pasó por ese sitio huyendo de la justicia, se bañó en las cálidas aguas del Magdalena y se enteró cómo era la vida de los caballos en tierra caliente. "En aquella excursión iba yo haciendo estudios sobre la condición y la suerte de los caballos en la tierra caliente. Cuando hube visto muchos de los nacidos o aclimatados en ella formé el concepto de que esos climas no son propios para que los individuos de nuestra especie se desarrollen y prosperen, ni menos para que una buena raza se perfeccione o siquiera se conserve sin degenerar. La piel del caballo calentano da muestras de lo que acabo de afirmar. En la región inferior de la cabeza, y a veces en toda ella, igual que en otras partes del cuerpo, el pelo es ralo y demasiado corto, de manera que deja a descubierto la epidermis. Así, la piel del caballo vivo se asemeja mucho a la de la bestia o el toro difuntos, piel que, convertida en zurrón o en forro de una vasija, y maltratada por el uso y el frote, se ve como curtida y marchita… Y cualquiera que sea el trabajo del caballo en tierra caliente, es más duro y pesado que en la Sabana, pues allá hay que batallar con la flaqueza, la lasitud y la flojedad que hacen experimentar el clima y la falta de jugosidad de los pastos. ¡Dichosos los caballos y dichosos todos los vivientes a quienes ha tocado habitar en la Sabana de Bogotá!"
Cuando el Moro regresó a Bogotá, el señor Ávila lo entregó a un vecino para que lo vendiera, ya que Pachito no lo compró. Como había "estallado" la guerra, su amo decidió enviar al Moro, junto con otro caballo (Gulliver) que había servido a un médico, a una finca en un Páramo, donde había poco alimento, con el ánimo de evitar que se los llevaran para la guerra. Allí en una carbonera murió Gulliver luego de haber comido plantas que contenían tembladores (insectos venenosos). Ante el estupor de tan funesto evento reflexionó sobre la muerte. "¡Misterio impenetrable! Envidio a los hombres, que, según creo, comprenden el misterio de la muerte. Los animales no comprendemos la muerte; pero los caballos manifestamos el horror que nos inspira, retirándonos sobrecogidos de los cadáveres y de las osamentas de nuestros congéneres".
Unos días después, tras la captura del dueño de esa finca, un enemigo suyo denunció que allí habían caballos, y fueron los militares y se lo llevaron para la guerra. "Todo estaba perdido. Hice mis primeras armas bajo la silla del oficial que me había aprehendido… La continua desazón, la pena y el miedo que me torturaban llegaron a su colmo cuando me vi destinado a servir en un escuadrón que salía formalmente en busca del enemigo". Se llenó depánico cuando escuchó nombrar a un comandante Garmendia. "En uno de los campamentos que ocupamos en esos días, me sentí de golpe todo espeluznado y tembloroso: había oído que se mandaba comunicar una orden al Comandante Garmendia. ¡Al Comandante Garmedia! ¿Pero no podrá ser otro individuo a quien haya tocado llevar ese apellido siniestro? No. En todo aquel día se le sigue mentando mucho, y pocas veces se profiere el fatídico nombre sin acompañarlo con epítetos que no dejan lugar a duda. ¡Conque yo estaba en inminente riesgo de ser descubierto por el infame, y esto en circunstancias en que le sobraban medios y autoridad para apoderarse de mí! Como los gallinazos huyen cuando el águila cae sobre el cadáver que están devorando, huyeron los temores y las zozobras que me conturbaban cuando no me representaba delante otro enemigo que el que podía de un golpe quitarme la vida. ¡Conque Garmendia impune, conque Garmendia empingorotado y con un grado militar, conque Garmendia en todas partes!
Al término de muchas batallas y de haber derrotado al enemigo, se resintió una pata. Luego de su recuperación fue puesto al servicio de Camilo, el hijo de un general. "El General conocía mis buenas partes y yo fui es cogido para el servicio de Camilo". Tras la gloria de Camilo, quien fue reconocido con honores y ascensos militares, tuvo que cambiar de amo. "Las vicisitudes de la guerra me separaron de mi incomparable alférez, de quien no volví a tener noticia, y me llevaron a un cuerpo de caballo diferente de aquel a que primero había pertenecido". Luego de un fallido combate, los caballos huyeron, y con ellos el Moro. "Los caballos huimos a la desbandada y yo vine a hallarme solo en una vereda, en cuyas orillas trataba de pacer, no obstante el estorbo del freno. Si nosotros éramos vencedores o vencidos, no lo sabía, ni lo supe nunca, ni me importaba saberlo". En su rauda huida fue tomado como suyo por un señor de nombre Bernabé, quien lo llevó a su hacienda. Allí no fue bien recibido por su esposa. "La señá Pioquinta no miró con buenos ojos mi instalación en su casa. Echó de ver que sus marranos habían de tener que compartir conmigo las lavazas, los hollejos y otras vituallas de que solían gozar con pleno derecho. Sus marranos eran objeto de su predilección y su solicitud, pues ellos constituían todas las granjerías que la habilitaban para vestirse y para vestir a la familia. Empero, aquella inquina le duró poco y, días andando, ella y yo vinimos a ser los mejores amigos".
Cuando más feliz se encontraba en poder de don Bernardo, el Moro fue robado por dos cuatreros que se lo llevaron para el oriente de Cundinamarca, llegando hasta el Llano. Los ladrones cayeron en poder de la autoridad, y el Moro quedó a disposición del Alcalde de un pueblo, y fue entregado a un depositario, quien abusó de éste haciéndolo trabajar en lamentables condiciones. De allí huyó, tras un accidente de su depositario, y fue a dar a una labranza donde causó graves daños, por lo cual fue llevado al coso del pueblo. "El coso es un establecimiento público en que los animales vulgares purgan el delito de haber metido el diente en mies ajena". Del coso fue rescatado y llevado otra vez a la finca de don Bernabé. Éste a cambio de unos pesos lo alquiló para unas fiestas a un joven de nombre Pepe. "Resultó ser de aquellos jinetes presumidos, miedosos, pero amigos de bizarrear y lustrearse, que se regodean montando un caballo al que, con cierto modo de manejar la rienda y con algunos talonazos disimulados, se le pueda hacer tomar la apariencia de potro díscolo y zahareño; pero que puede calmarse y convertirse en la caballería más reposada y segura, con sólo que el jinete lo apetezca. Pronto descubrió el mío que yo era de esos caballos, y durante todo el día se aprovechó a satisfacción de su descubrimiento". Durante las fiestas, Pepe lo descuidó, trató mal y se emborachó, causándole algunos contratiempos al Moro, circunstancia por la cual don Bernabé fue por él y lo llevó para su finca, luego de haber reconvenido enérgicamente a Pepe. "Al fin, la inercia y el entontecimiento del borracho pudieron más que los coléricos ímpetus de mi amo y partimos para nuestra casa. Yo había estado matado; pero lo había estado en la campaña, y mis mataduras podían sobrellevarse, porque ¿qué eran sino gloriosas heridas recibidas por la patria o por no sé qué cosa muy decantada y estupenda? Pero estar matado por haberle servido a un botarate, fue cosa con que, en mucho tiempo, no pude conformarme".
Continuando al servicio de don Bernabé, el Moro fue de excursión a Chiquinquirá, en peregrinación religiosa. En su recorrido se encontró con su hermano, el mulo, pero su indiferencia con éste no cambió al igual que su antipatía por el "bastardo orejudo". Sus temores por el fantasma del Tuerto Garmendia también lo acompañaron durante el viaje, pues la paranoia de considerarse perseguido por éste lo atormentaban profundamente. "En tal momento sentí lo que debe sentir el que ve asegurada la felicidad de toda su vida; pero al mismo tiempo renegué, impaciente, de la vergonzosa debilidad que me hacía vivir atormentado por el temor de un peligro tal vez imaginario. En lo sucesivo debía yo experimentar si mis recelos carecían o no de fundamento".
Tiempo después, don Bernabé vendió al Moro a don Borja para arrastrar carruajes de corte por las calles de la ciudad. Así dejó de ser caballo de silla para convertirse en caballo de tiro. En su nueva vida y trabajo sufrió amargas penalidades, chambonadas y malos tratos de los zopencos cocheros. "Cómo se enlazan a veces los sucesos, viniendo unos a ser causa de otros con que no parecen tener ni la más remota conexión! La chambonada de la señora aquella que se montó en el coche sin cochero fue causa de que a mí me hicieran correr desaforadamente; las desaforadas carreras lo fueron de que yo enfermara; mi enfermedad me puso enteco; y mi extenuación fue motivo de que don Borja me vendiera y de que me vendiera por un precio de los que le acomodaban al señor Maravillas".
Don Borja lo vendió a don Alipio, apodado don Maravillas o el señor Maravillas, quien con "alas de cucaracha" había establecido su agencia de carruajes con desvencijados y destartalados coches "cuyas piezas, lo mismo que los arneses correspondientes, se veían siempre remendadas o aseguradas provisionalmente con pedazos de rejo y con cordezuelas... Héteme, pues, en poder de este empresario, y revuelto, como lo había estado allá en la flor de mis años, en el hospital que sostenía don Cesáreo, con una manada de bestias inválidas o caducas. Todas ellas estaban desmedradas y macilentas y todas matadas en el pecho por obra de los collares demasiado grandes que se les hacía llevar, gracias a la impericia de don Alipio y de los mozos a quienes habilitaba de cocheros".
Un día, cuando cumplía sus cotidianas actividades al servicio de don Alipio, divisó a Merengue cargando agua y a cuestas sus últimos años de enferma y lamentable vida. "El Merengue, aquel Merengue al que vi pasar largo días de holganza, mimado por sus amos, exento de inquietudes y gordo como un cebón, pasaba por dicha plaza cargado con dos barriles de agua. Como yo nunca lo había visto amarrido y demacrado, me habría sido imposible conocerlo si las manchitas blancas que le agraciaban la cara no lo distinguieran tan notablemente. A él lo iban arriando con un zurriago, y yo no podía detenerme; lo saludé con un relincho, él me correspondió, pero creo que no pudo conocerme. ¡Qué no habría yo dado por conversar con él! ¡Qué gratas ausencias no habríamos hecho de aquel amigo que temo no volver a ver!".
Debido al excesivo y duro trabajo, al maltrato recibido por parte de los cocheros y a la haraganería de sus compañeros de desdicha tirando los carruajes, al Moro empezó a deteriorársele su salud, y como secuela de un fuetazo de su malvado cochero, irónicamente perdió un ojo, quedando tuerto.
La empresa de don Alipio empezó a decaer: decayeron los vetustos coches "que no les cabía remiendo ni composición", los caballos "que amén de estar decrépitos y quebrantados, comíamos demasiado poco", y el mismo don Alipio, "que ya no lograba que el público acudiera a su agencia sino en casos de extrema necesidad". Fue así como fundó "El ProgresoEmpresa Colombiana de Transportes para dentro de la ciudad".
Don Alipio, con los despojos de aquellos que antaño fueron ómnibus y coches hizo construir carros, y destinó los caballos a acarrear por las calles, en esos vehículos, tejas, ladrillos, madera, fardos, muebles y todo lo acarreable. "De cada carro de los de El Progreso tira una sola bestia. Como todas las de don Alipio, somos ya reputadas por de desecho; como ninguna tiene qué perder, como los conductores son zafios gañanes admitidos al servicio de Maravillas sin más condición ni requisito que no ganar salario crecido; como el trabajo en que se nos ocupa excede a nuestro aliento; y como, para masticar con las ya deterioradas dentaduras los secos, malos y escasos alimentos de que se nos provee, no podemos disponer de otras horas que de las de la noche, siento que todo esto va a acabar pronto, y será lo mejor". El Moro, en tan deprimente estilo de vida, arrastraba maderos con su cabeza abajo y con sus caderas magulladas. "La fatiga y la flaqueza, así como las escabrosidades de las calles, me han hecho ese trabajo excesivamente penoso." El duro trabajo, los denuestos, las blasfemas, los azotes, las palizas y otros vejámenes de su conductor ocasionaron que en repetidas ocasiones sintiera "las agonías de la muerte…".

No hay comentarios:

Publicar un comentario